EarthSky // Artículos // El Espacio Jun 06, 2013

¿Qué pasa al cuerpo humano en el Espacio?

El cuerpo intenta adaptarse a las nuevas condiciones físicas propias de un viaje espacial, causando daño a los astronautas.

El cuerpo humano está hecho para funcionar en la superficie de la Tierra, sujeto a una fuerza gravitacional constante, y protegido por una atmósfera que impide el paso de radiaciones espaciales peligrosas. Cualquier desviación de estas condiciones benignas puede traer consecuencias graves, e incluso letales. Los vuelos espaciales necesariamente tienen que incursionar en ambientes que son hostiles para la fisiología humana, y gran parte de la investigación aeroespacial está enfocada a mitigar posibles daños físicos a los tripulantes.

A pesar de que han habido avances sustanciales, aún quedan muchas interrogantes sobre las secuelas que un ambiente de ingravidez y de condiciones extremas prolongadas tendrían sobre los diferentes sistemas del cuerpo humano. Uno de los efectos que han causado más desconcierto en la comunidad médica aeroespacial es el deterioro progresivo de la vista que algunos astronautas han reportado después de estancias de varios meses en la Estación Espacial Internacional. De acuerdo a un estudio de la NASA, aproximadamente la mitad de estos astronautas experimentaron visión borrosa durante sus misiones, y en muchos casos el problema desapareció al regresar a la Tierra, aunque en otros se ha mantenido mucho después del aterrizaje. Se piensa que esta afección, que es similar al padecimiento conocido como edema de papila, puede estar relacionada con una presión anómala del fluido espinal alrededor del nervio óptico como consecuencia de la microgravedad.

Joseph William Kittinger II saltando en paracaídas desde gran altura. El 16 de agosto de 1960, Kittinger realizó una salta desde la altura de 31.300 m (102.800 pies).

Joseph William Kittinger II saltando en paracaídas desde gran altura. El 16 de agosto de 1960, Kittinger realizó una salta desde la altura de 31.300 m (102.800 pies).

La gran mayoría de los astronautas que se han aventurado a participar en vuelos orbitales alrededor de la Tierra han padecido algún evento médico, debido a que el cuerpo intenta adaptarse a las nuevas condiciones físicas propias de un viaje espacial. Hasta ahora, los rigurosos procesos de selección de astronautas han estado diseñados para evitar que personas con algún tipo de afección médica pongan en riesgo su salud durante una misión orbital, y es previsible que este régimen de selección continúe durante los próximos años.

Uno de los efectos fisiológicos de un vuelo orbital es el cambio en la estructura muscular. La masa y la fuerza musculares se reducen significativamente porque los músculos ya no tienen que esforzarse contra la gravedad. El impacto sobre una persona con problemas neuromusculares pre-existentes, aunque aún es desconocido, podría ser adverso. Otra razón para el estricto control médico de los candidatos a astronautas tiene que ver con su salud mental durante una misión espacial: el estrés causado por la casi total ausencia de privacidad, por estar en un espacio confinado, y por el riesgo de un accidente, requiere que sean elegidos sólo aquéllos capaces de desenvolverse en esas circunstancias. Esto automáticamente excluye a personas que padezcan de ansiedad, fobias, reacciones psicosomáticas y desorden bipolar.

No sólo las estancias prolongadas en el espacio pueden tener efectos dañinos sobre el cuerpo humano: los vuelos suborbitales, que son aquéllos que se realizan en vehículos cuya velocidad no es suficiente para entrar a una órbita terrestre y que, por lo tanto, sólo son un “salto” fuera de la atmósfera, también exponen a los tripulantes a efectos que necesitan contraarrestarse para preservar su integridad física. Entre los efectos más notorios están las aceleraciones a las que los tripulantes se verían sometidos durante el lanzamiento de la nave y el reingreso a la atmósfera. Estas aceleraciones, que pueden exponer a los astronautas a fuerzas equivalentes a varias veces la fuerza gravitacional de la Tierra sobre su superficie, actúan a lo largo de los tres ejes espaciales, y pueden ser especialmente problemáticas si actúan en la dirección de la cabeza a los pies, porque pueden causar todo tipo de afectaciones neurovestibulares, cardiovasculares y musculoesqueléticas.

Crédito de la foto: la NASA

Crédito de la foto: la NASA

¿Qué pasa si un tripulante experimenta una aceleración en la dirección de la cabeza hacia los pies, seguida de una aceleración de los pies hacia la cabeza? Esto sucedería, por ejemplo, al momento en el que un vehículo como el SpaceShipTwo de Virgin Galactic se desprenda del avión nodriza WhiteKnightTwo, y en seguida encienda sus motores de cohete que lo llevarán hasta una altitud de 100 kilómetros a 4 veces la velocidad del sonido. El tripulante sentirá que se separa de su asiento durante el desprendimiento, para luego sentir que se hunde en él y que su cuerpo se ha vuelto mucho más pesado. En principio, esta transición podría causar una disminución de la presión sanguínea cerebral, lo cual a su vez podría inducir pérdida de la conciencia.

El problema con los vuelos suborbitales es que se tienen muy pocos datos sobre el funcionamiento del organismo humano en esas condiciones. Hasta la fecha se han llevado a cabo menos de diez de estos vuelos. Los primeros dos fueron realizados durante el programa Mercury de la NASA en 1961, con cohetes Redstone, seguidos por dos vuelos suborbitales con el avión-cohete experimental X-15 en 1963, y mucho después, en 2004, tres vuelos con el SpaceShipOne de la empresa Mojave Aerospace Ventures. Sin embargo, es muy probable que, con el surgimiento de más compañías dispuestas a apostar por los vuelos espaciales comerciales, se lleve a cabo una gran cantidad de experimentos destinados a entender mejor los límites médicos de los astronautas del futuro.